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lunes, 20 de enero de 2014

Aroma perenne


*      Caminaba de una esquina a otra, descalza, con sus pies hinchados y el cabello recogido. Un aroma a caldo de gallina perfumado con hierbas le hacía agua la boca, pero calmaba su hambre con sorbos de agua fría, pues desde hacía tres horas estaba en trabajo de parto.

Ella escuchaba el ruido de la cocina contigua, sabía que la sopa estaba lista y trataba de distraerse con estos pensamientos cada vez que la punzada de la contracción la hacía palidecer. Estaba sola, como sola había estado desde el momento que se supo embarazada. Aquel amor que la llenó de trinos, se fue dejándole los recuerdos y un corazón latiéndole en la barriga, pero estaba feliz. Había descubierto muchas cosas nuevas durante su embarazo, había aprendido a respirar profundamente para relajar su cuerpo hasta llegar a sentirse casi dormida pero alerta, había descubierto sutilezas en los ácidos de las naranjas, escalas de dulzor en las uvas, texturas extraordinarias en los aguacates, se había reconciliado con la comida después de haber sido su víctima durante años de bulimia feroz. Por una ironía del destino, su embarazo eliminó aquella necesidad maligna de devolver por la vía inversa cuanto alimento tocaba su lengua, para regalarle la paz de una comida bien saboreada y bien asimilada y un amor instantáneo por su cuerpo curvilíneo y el huésped que habitaba en él. Estaba sana, y a punto de dar a luz.
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*      Un color azul índigo la cegó anunciándole la próxima contracción que le hizo brotar lágrimas, el médico le había dicho que el parto apenas comenzaba, que por ser primeriza pariría tal vez en la noche y aun no era mediodía. Se sentó en un sillón y en soledad, soportó aquél baño de agujas que le caía en el vientre. Cuando volvió a ver con claridad, la contracción le había dejado un sabor salado en la boca, ya no tenía agua en su habitación y decidió ir a la cocina a buscarla y a torturarse con el aroma suculento del aquél caldo de gallina que no podía comer.

Al entrar en la cocina quedó deslumbrada, era un lugar amplio, fresco, perfumado por las hojas de cilantro recién cortadas y de las cebollas que se freían en una sartén. La cocinera era una mujer mayor, de cabello pulcramente recogido con un largo vestido de flores y un delantal amarillo. Era un sitio iluminado como un hogar y no como lo que era, la cocina de un precario hospital rural instalado en la casona de una hacienda de  caña de azúcar de la década de los treinta.
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*      La cocinera la miró y quedó asombrada por el tamaño de la barriga, redonda y tensa, le preguntó por qué estaba ahí y respondió - ¨Tengo sed¨ - La mujer le acercó un vaso de agua helada que tomó poco a poco mientras descansaba su pesado cuerpo en una silla cerca de la mesa donde estaban los ajíes dulces, el perejil, la hierbabuena, los ajos, todos picados listos para ser regados sobre la sopa humeante.

Un bienestar fresco le abrazó el cuerpo, se sintió cómoda en compañía de la cocinera, pues desde temprano la había escuchado cantar, mientras cocinaba, los boleros apasionados del trío Los Panchos y a propósito tarareó uno, y la cocinera respondió de inmediato con una profunda voz de contralto del campo.

Cantaron suavemente, una para distraer los dolores, la otra por el simple gusto de cantar mientras cocinaba, se repitieron las contracciones cada vez más intensas, la cocinera pasaba pedacitos de hielo por los labios y la frente de ella que resistía sin emitir un quejido y que al recuperarse retomaba la canción que habían dejado a medias justo en el tono.
Cantaron sobre mujeres sufridas, hombres traicionados, corazones rotos y amores imposibles, siempre afinadas y comentando lo irreflexivo del amor.

Una fuerte contracción la tomó por sorpresa y anuló los sonidos, la aisló del mundo y la puso frente a sí misma cuando tenía 12 años, rebelde, asustada y aborreciendo la comida. Se vio con el cabello largo tejido en dos trenzas, estuvo mirándose un buen rato, embelesada por la delgadez que lucía en aquél tiempo y por la valentía que se translucía en su mirada de cobre. Cuando volvió al mundo estaba sobre la mesa, no podía retener en su garganta los gritos que salían en una cascada por el dolor sordo que le partía el cuerpo en dos. - ¨Mi niña, puja, que aquí viene tu hijo¨ - escuchó en perfecto contralto. Miraba hacia el techo mientras su cadera se abría independientemente de ella y el olor del cilantro le llenaba los pulmones. El alma se le escapaba por los poros, perdió la noción del tiempo, sintió que había vivido toda una vida en aquél dolor insoportable que le prometía el amor. Las manos de la cocinera, perfumadas por el ají dulce y el culantro de monte, acariciaban su frente sudorosa y le daban una dulce sensación de seguridad; y cuando escuchó el llanto, aquél llanto casi inaudible, como el de un gatito, supo que estaba hecha de la madera materna con la que se esculpieron las madres más felices de la historia.

Su hijo había nacido sobre la mesa de la cocina. La única enfermera del hospital llegó sudada y con la respiración agitada, casi reclamando el adelanto del parto y la idea enloquecida de parir en el depósito del hospital, un lugar abandonado y sucio, que por alguna razón, jamás lograban clausurar, donde algunos aseguran haber visto a una mujer espectral que cocina cantando, y donde de día y de noche se siente el aroma de un caldo de gallina perfumado con hierbas.


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